Los secretos de la Lima prehispánica
La capital peruana guarda tesoros históricos. Herencia de las culturas Lima, Ichma e incluso Inca, en los lugares más inesperados de la Ciudad de los Reyes alberga pirámides, templos y ciudades sagradas.
En pleno Miraflores, a poca distancia de las avenidas más concurridas, la Huaca Pucllana aparece como contraste monumental al paisaje urbano. Su gran pirámide escalonada de adobe y barro, un centro ceremonial y, se cree, administrativo, fue construido por la cultura Lima y después ocupado por los Huari, desarrollada en la costa central durante los primeros siglos de nuestra era. Este centro ritual fue abandonado en el siglo XV, sin una razón clara, y el tiempo lo cubrió de tierra y vegetación hasta la década de 1960, cuando el montículo se convirtió en pista de motocross y bicicross, sin que la mayoría de los que pasaban cada día por allí conociese su valor histórico.
A partir de 1981 comenzaron las excavaciones que permitieron conservar este sitio arqueológico y se empezó a entender la importancia de la Huaca Pucllana. Etnohistoriadoras de gran renombre como María Rostworowski, eminencia en el estudio de las culturas precolombinas peruanas, se encargaron de restaurar la memoria del sitio, recuperando su nombre original Huaca Pucllana o Pugliana (cuya traducción del quechua sería “sitio sagrado de juego”), o su relevancia como lugar de culto. Hoy sabemos que en la Huaca Pucllana, que en la actualidad alcanza los 25 metros de altura pero que en su apogeo durante la cultura Lima alcanzó los 36, se practicaba el sacrificio humano, especialmente de mujeres jóvenes, además de otras prácticas ceremoniales como el banquete ritual, que incluía el consumo de carne de animales como los tiburones. Para visitar la Huaca Pucllana de la mano de los especialistas que mejor la conocen se puede acceder al Museo del Sitio, inaugurado en 1984, que ofrece visitas al atardecer.
Dentro del mapa urbano de Lima otras paradas imprescindibles incluyen el complejo arqueológico Mateo Salado, entre los distritos de Breña y Pueblo Libre. Con más de 16 hectáreas, concentra en su interior 5 pirámides, o huacas, escalonadas truncas. Fue construido por los Ichma, una de las culturas más emblemáticas de la Lima Prehispánica, alrededor del año 1.100 de nuestra era, se cree que con una función ceremonial. Posteriormente fue reocupado por los Incas, que hicieron que el Qhapaq Ñan, la monumental red vial inca de más 30.000 kilómetros que se extendía de la actual Colombia al sur de Chile y Argentina, atravesase este enclave en su tramo costero.
Sus dos estructuras principales son la pirámide A, que se considera el Templo Mayor y eje de este complejo, con una altura de 18 metros y una extensión 164 metros cuadrados, y la pirámide B, conocida como la de la Aves, que recibe su nombre por haber encontrado en ella frisos y pinturas con representaciones de estos animales. A ellas se suman otras de menor tamaño que sirvieron, por ejemplo, como centro funerario. En el período Inca estas estructuras se remodelaron y reacondicionaron y se cree que el complejo pudo albergar la residencia del curaca (nombre con el que se conocía a los jefes políticos de los Incas) de este valle, incluyendo la creación de una plaza principal donde se pudo colocar un trono, o ushnu. El complejo fue abandonado con la llegada de los colonizadores y posteriormente expoliado por los huaqueros, o saqueadores de tumbas. En 2007, comenzaron los trabajos de rehabilitación, que continúan hasta la actualidad, y que han permitido adaptar el complejo para la recepción de visitantes.
A poca distancia se encuentra el Museo Larco, en Pueblo Libre. Este centro celebra este año su centenario, ya que fue fundado por del arqueólogo e investigador de Trujillo Rafael Largo Hoyle en 1926, y hoy es una de las grandes referencias para entender el arte precolombino peruano. Con una museología impecable, fue pionero en abrir sus depósitos, que contienen alrededor de 45.000 piezas, al público, siendo uno de los pocos en el mundo que permite a los visitantes visitar no sólo la colección principal, sino también los archivos. Además, el enclave donde se sitúa el museo presume de una enorme belleza: una casona virreinal del siglo XVIII, rodeada de hermosos jardines, en la que se puede comer o cenar de lujo gracias a su restaurante, que ofrece una gastronomía donde una base culinaria peruana se fusiona con influencias internacionales.
El culmen de la ruta llega al sur de la ciudad, en Lurín, donde Lima se abre hacia el desierto costero. Allí se encuentra el Santuario Arqueológico de Pachacamac, uno de los grandes espacios sagrados del Antiguo Perú, considerado el principal centro espiritual de la costa central durante más de 1.200 años. Dedicado al dios creador del universo, que controlaba el equilibro del mundo y al que se creía capaz de predecir el futuro, este gran complejo fue ocupado y desarrollado por cuatro culturas diferentes. La construcción fue iniciada por los Lima, entre el 200 y el 600 d.C. y continuada por los Huari, que lo convirtieron en un lugar de peregrinación, hasta el año 1.100 de nuestra era. A partir de entonces, los Ychma llegaron para construir nuevos templos y lo utilizaron como centro administrativo y los Incas lo heredaron a partir del 1.470, cuando levantaron algunas de las estructuras más impresionantes.
El complejo abarca 465 hectáreas y cuenta con templos como el del Sol o el de Luna, los más impresionantes y los mejor conservados, con alturas que llegan hasta los 40 metros y detalles que permiten observar los detalles del estilo arquitectónico inca, o edificios residenciales, como el de Tauri Chumpi, donde vivía el curaca de Pachacamac, que se encontraba allí con una pequeña hueste cuando llegó Hernando Pizarro en 1533.