Entrevista con Eduardo Sacheri
Eduardo Sacheri explora la condición humana a través de emocionantes historias cotidianas en su nueva novela, Qué quedará de nosotros, que el escritor y guionista argentino ambienta en la guerra de las Malvinas.
Tu nueva novela “Qué quedará de nosotros" sucede en la guerra de las Malvinas. Tenías solo 14 años en 1982. ¿Qué recuerdas?
Recuerdo mucho. Recuerdo la sorpresa, la eufórica sorpresa con que mi madre nos despertó esa mañana transistor en mano, y cómo toda la sociedad y todos los ámbitos de esta se malvinizaron de inmediato. De la noche a la mañana, en tu escuela, tu barrio, haciendo las compras, los medios de comunicación…, todo era Malvinas. Primero era simplemente la alegría de la recuperación, pensada no como el principio de una guerra, sino como el final de una usurpación. La reacción británica muy probablemente iba a ser de fuerza, pero fue una sorpresa rotunda porque la sociedad argentina tiene una cosa muy autorreferencial: para nosotros la legitimidad del reclamo era evidente y nos parecía que para el mundo y hasta para la propia Gran Bretaña era indiscutible. Esa euforia inicial después se transformó en una euforia bélica.
A día de hoy, ¿para la sociedad argentina sigue siendo una cuestión indiscutible la de las Malvinas?
Hay un acuerdo prácticamente unánime y está muy presente la iconografía de las Malvinas: la silueta de las Islas está por todos lados. Así como la guerra no es un tema del que hablemos mucho, de las Malvinas sí. Si preguntas a un anciano o a un niño de siete años, los dos te van a decir que las Malvinas son argentinas.
En 1982, siendo la guerra algo tan cercano, ¿resultaba ajena en la rutina de la gente?
Estamos hablando de una sociedad analógica, donde las vías de comunicación eran muy escasas, unidireccionales y en manos de una dictadura militar. Lo que el gobierno militar contaba era “la verdad” y todos compramos esa versión hasta que fue imposible negar la realidad para la propia dictadura. Al decir “nuestras fuerzas se han rendido el día de hoy, 14 de junio del 82”, no hay modo de esconder la verdad. Y ahí se produce una rotación de la opinión pública del fervor, el apasionamiento y el optimismo a la frustración, el enojo y el repudio a los militares.
Los tres amigos protagonistas despiertan ternura cuando, yendo a una guerra, les hacen ilusión ideas como volar en avión.
Es que ellos no saben que van a una guerra. Ellos y sus jefes van a ejercer el control de las islas hasta que se encuentre la solución diplomática. Nosotros sabemos que están completamente equivocados y que es una ilusión ridícula y naif, pero–y te digo que cuando uno revisa testimonios de veteranos es también así–,suben a los aviones pensando “me voy a las Malvinas y voy a ser de los primeros argentinos en tomar contacto con esta tierra nuestra que hace 100 años que reclamamos”. La realidad, el frío, el hambre, las trincheras, la espera, el cañoneo naval, el momento en que empiezan a caer los obuses británicos… son el clic definitivo para que se den cuenta de que “sí, vine a la guerra”.
¿Cómo ha sido la labor de documentación de un evento tan grande para Argentina?
Es un evento súper grande, pero del que hablamos poquísimo. Y me refiero a la guerra, no a las Malvinas. Hay muchísimo testimonio de primera mano –los propios veteranos han sentido la necesidad de ponerle palabras a su experiencia–, un montón de entrevistas y muchísimos libros de memorias autoeditados de enorme valor testimonial. Y también hay trabajos académicos de historia militar, algunos británicos. Para ellos, este conflicto fue su última guerra solos, luchando contra otro país distante y con el problema logístico de llevar una flota miles de kilómetros al Atlántico Sur. Hicieron muchos trabajos de historia militar al respecto, que también fueron una fuente para reconstruir el día a día de una guerra, algo que afortunadamente está lejos de la experiencia personal de casi todos nosotros.
Sin embargo, la novela no se centra en esa historia con mayúsculas, sino en lo cotidiano…
Esa suele ser mi perspectiva literaria habitual. Tal vez se nota más en estas novelas, porque, al ser un evento histórico tan notorio, hay líderes políticos muy conocidos: Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Galtieri… Yo quería bajar al llano de unos soldados de infantería, de civiles convocados en tanta obligación ciudadana, y que fueran ellos mis protagonistas.
¿Qué te permiten estos personajes que tú sueles llamar “pequeños”, a pesar de que tienen una complejidad enorme?
Me permiten explorar la humanidad. Que sean anónimos me da mucha libertad para que sus biografías sean las que yo desee. Si yo me moviera en las altas esferas, les debería a esos personajes cierto rigor. Uno puede andar inventando, falseando biografías conocidas, mientras estos personajes pueden ser universales. Su anonimato y su pequeñez los vuelve cualquiera de nosotros.
Eso me hace recordar una frase tuya: que “los seres humanos somos menos diferentes de lo que nosotros nos creemos”. ¿Tienes una perspectiva global?
Yo me sé incapaz de una perspectiva global y lo único que puedo hacer es contar mi pueblito. Pero mi pueblito es mucho más universal de lo que me creo. Cuando yo empecé a escribir y a publicar, pensaba que mi pueblito era incomunicable a los que no fueran de allí. Pero una de las sorpresas que a me ha deparado esta carrera, sobre todo cuando se ha internacionalizado, es que alguien con una vida en principio y apariencia totalmente diferente a la mía, diga “ah, entiendo a esta gente”. No a mí, sino a esos personajes. Y ahí es donde sostengo mi tesis de que en la superficie no nos parecemos, pero en el fondo sí. En lo bueno y en lo malo.
En tus últimas novelas vuelves a Argentina. ¿Es una decisión consciente?
Mirá, yo siento que en parte, sí. Yo soy licenciado en Historia y mi futuro iba a ser el de académico hasta que sucedió esto de la literatura. Me interesa mucho de qué hablamos y qué pensamos de nuestro pasado, porque creo que esa es la función de la historia: pensar el pasado en función del presente. Y me interesa lo que decimos y me alarma aquello de lo que no hablamos. Siento que todas las sociedades guardan algunos silencios, temas que rodeamos por incomodidad, no necesariamente por dolor. Para Argentina, por ejemplo, la dictadura militar es un tema doloroso. Pero hemos hablado mucho y escrito mucho y hecho cine, teatro y canciones sobre las violaciones de los derechos humanos. La guerra de Malvinas nos genera culpa y no hablamos. Porque, más allá de que como sociedad hemos proyectado la culpa sobre los militares –y no digo que los militares no tienen culpa–, nosotros también tenemos culpa. Por esa euforia, esa ingenuidad, aplaudir a Galtieri, embanderarnos, suspender todos nuestros conflictos en aras de la causa nacional y enviar a miles de soldados a pelear una guerra dificilísima con una liviandad que no se merecía. De eso no hablamos, y entonces siento que está bueno que hablemos.
Cuando creas los personajes, ¿tienes una referencia real o partes de cero?
No, en general no están basados en nadie, justamente por la libertad que comentábamos antes. Por supuesto que tienen elementos reales, pero unos pocos y sobre todo regados en distintos personajes. Así como tienen elementos míos…, pero de nuevo regados en distintos personajes. Rasgos que me gustan y rasgos que no me gustan. Hay personajes con los que me identifico mejor que con otros porque son más amables, mejores personas. Pero, cuando estoy construyendo los que no me gustan, de algún sitio salen sus rasgos… También están en mí, y creo que por eso es tan catártico escribir.
En tus obras hay algo muy cinematográfico. Siendo también guionista, ¿vas viendo imágenes al escribir?
Así como hay autores que trabajan con la palabra, el pensamiento más abstracto y la reflexión, yo trabajo con acciones que veo, con gente moviéndose y haciendo cosas. Primero es construir esa escena y luego ver cómo la narro. Tengo una manera muy visual de construir y creo que eso ha favorecido que alguna novela mía haya resultado interesante a gente del cine, que haya sentido una cierta empatía con mi lenguaje.
Además de en “Qué quedará de nosotros”, la guerra de las Malvinas está presente en “Demasiado lejos”, que llegará a España en mayo.
Las dos novelas son como un espejo. Demasiado lejos transcurre en el mismo periodo, pero en Buenos Aires. Algunos de los personajes son familiares de los soldados de Qué quedara de nosotros. Y, por ejemplo, en el primer capítulo de Qué quedará de nosotros, Carlitos, uno de los soldados, es despertado por su madre con la noticia. En Demasiado lejos, esa escena es su madre escuchando la a radio y saliendo corriendo a la calle. Hay toda una serie de personajes que reconstruyen esa guerra fcticia que viven y que vivimos la mayoría de los argentinos. Son dos libros independientes que no se requieren uno al otro.
¿Y ya estás trabajando en la próxima obra?
Sí, estoy escribiendo una novela policial, tratando de salir precisamente de esta interpelación histórica de algunas de mis últimas novelas para no repetir una fórmula. El peligro que yo veo cuando te va bien –porque creo que a mí me ha ido bien con mis libros–es descansarte en una estructura. Así que me puse a escribir ficción como catarsis. Es un policial ambientado en la actualidad y cuyos protagonistas son viejos. El tema de la vejez naturalmente me interpela –tengo 57 años y es lo que viene–. En mis libros trato de construir una historia y ofrecerse al lector, pero al mismo tiempo de sacar cosas mías y verlas en el exterior. Porque, claro, a medida que uno va viviendo se le van cambiando las preguntas.